mujer.jpg

 Queridos guerrilleros de la palabra: 

Desde el anhelo que me produce no poder compartir este viaje con todos vosotros y vosotras, por las razones que ya conocéis, quiero en cambio adherirme, a través de esta misiva, a quienes estos días lleváis por bandera la Red Internacional de Escritores por la Tierra a esos rincones extraordinarios de Mesoamérica: Santa Tecla, El Salvador, Costa Rica… y también a los ciudadanos y ciudadanas que os acogen con la hospitalidad de su idiosincrasia.  

Os escribo estas líneas mientras contemplo a pocos metros de mi, fiero como siempre, el Mar Cantábrico, al norte de España, desde el Santander que vio partir tantos barcos de montañeses hacia el exilio latinoamericano, en los albores de la Guerra Civil Española. Este Santander, cuyos brazos se han estrechado, a lo largo de los siglos, con América y sus gentes, y que hoy me recuerda, que en tiempos, aquí nació una pequeña tribu de escritores por la tierra, como diría Pere Casaldáliga. Aquí parieron su creación literaria y plástica José María de Pereda, Matilde de la Torre, José María de Cossío, Maria Blanchard, Marcelino Menéndez Pelayo, Manuel Llano, Gerado Diego o nuestro contemporáneo Alvaro Pombo.  

Pero hubo alguien que sobresalió entre todos y todas. Una mujer incombustible en lo creativo y valiente en lo personal, porque ella fue la gran defensora de las mujeres de aquella sociedad alienada por el poder y la miseria que le tocó vivir. Su nombre es Concha Espina, escritora ilustrada y una de las mentes más preclaras de la literatura española de la primera mitad del siglo XX. Desde su humanismo escribió a la vida, al mar, a la montaña, a las gentes de Santander, a su Chile adoptivo, a los hombres de la mina, a la clase más humilde…pero su gran valor residió en que, siendo una mujer de la alta aristocracia santanderina, su sencillez trascendía casi de una forma incandescente. Era como una luz celestial personificada, por su bondad. Un ejemplo de mujer, sin duda.  

Un ejemplo que debe servirnos, estos días que celebramos esta efeméride horrorosa que es el Día de la Mujer Trabajadora… Porque digo yo, que cada día del año debería ser el día de la mujer… y del hombre… y de la unidad en el amor, dicho en dos palabras… Pero a veces parece que no es así o que nos empeñamos en renunciar a ese protagonismo usurpado a las mujeres desde tiempos inmemoriales…

Pero, en este momento de inmensos cambios a nivel planetario, hemos de neutralizar esta lucha de fuerzas, porque como dice nuestro documento fundacional, el “Manifiesto de Solentiname”: es en este desarrollo sostenible, donde la mujer es llamada a jugar un papel decisivo, ya que la liberación de la naturaleza y de la humanidad vendrá impulsada por una feminización del mundo, un mundo al que también le debemos exigir justicia social, prudencia ecológica, eficiencia económica y respeto a los derechos colectivos de los pueblos indígenas. 

Por tanto dejemos que sean ellas, como en su tiempo lo fueron Concha Espina y otras tantas mujeres con suficiente arrojo y coraje para decir basta ya a las injusticias. Ellas saben y pueden organizarse. Ellas otorgan un grado de sensibilidad necesario para el cambio cultural que todos y todas deseamos. Ellas conocen la gestión de los recursos. Ellas tienen las cualidades necesarias para ocupar espacios de poder. Ellas… como diría mi adorable Inés Fonseca, extraordinaria escritora y cantautora, no son delicadas princesas…  

Y no son delicadas princesas porque cuando nacieron fueron la reina de la casa, la niña de sus ojos…Y dejaron de ser niñas para convertirse en adultas en un mundo demasiado duro y virilmente inmaduro. 

No son delicadas princesas porque tienen que ser dueñas de su propio discurso sin que por ello estén sometidas al riesgo del atropello constante del género masculino. Es un camino áspero y complejo. Su arma debe ser la fortaleza. Fortaleza para todo lo que hacen, piensan y creen. No es suficiente ser. Hay que hacerse valer. Encararse al hombre, siempre demostrando y demostrando… 

No son delicadas princesas. Son protagonistas del día a día y de todos los días. Son el eco de las bofetadas, las manos de la tierra, los brazos de la fábrica, los pechos y el calor de los hijos, la palabra oportuna y sensible, la amiga de las amigas, esponjas humanas del deterioro del hombre. 

No son delicadas princesas. Trabajar ocho horas en la misma profesión que el compañero y saberse relegada a menos salario que él, no resulta gratificante, ni justo, ni entendible. La discriminación, cualquier discriminación, es siempre rechazable. 

No son delicadas princesas. Encontrar el ámbito de la propia singularidad bajo el vello que todo lo oculta o el top que todo lo enseña, no es sencillo. Siendo vapuleadas por ideas impuestas o religiones contrapuestas resulta difícil expresarse en paralelo. 

No son delicadas princesas. Han pasado de reproductoras a productoras. Todavía hay jefes que penalizan la maternidad de la mujer en el ámbito laboral. Y las necesitamos. La vida sabe que las necesitamos. No hacen chistes con las armas perdidas, porque conocen bien lo que es la VIDA. Porque la han parido y la respetan. 

No son delicadas princesas. Son el despertador de la vida, de la suya y de la ajena. Con ellas se levantan  las sábanas de sus hijos, de su memoria, de su futuro… Son el corazón de la calle que grita y palpita por los hijos y las hijas, por los hermanos y las hermanas, por los padres y las madres y las vidas saqueadas. Son pañuelos blancos y banderas que apuestan por otra historia. Corazones reventados en ocasiones por la crueldad del hombre. Quizás escuchen ahora. Y escuchan… 

No son delicadas princesas. Aún son promesas de libertad. He visto volar a algunas en el sueño que amaban. He visto a otras quedarse sin más riesgo que el de conservar lo que tenían. Las voces de la noche las llamarán de nuevo. Quizás las escuchen y las hagan escuchar… 

Por tanto, como queda de manifiesto, hay suficientes razones de peso para intentar construir un modelo social que apueste abiertamente por la participación activa de las mujeres. Y espero que así sea. O al menos así lo deseamos quienes creemos en un mundo más justo e igualitario. 

Ojala que estos días de reflexión sirvan para dar un paso adelante en la consecución de estos objetivos y como impulso a esta realidad que es la Red Internacional de Escritores por la Tierra.  

El rumor de este Cantábrico arrastra -hasta esta playa- noticias de ultramar. He sabido de vuestros éxitos al otro lado del océano. Y a pesar de la distancia, hoy me siento de corazón en Santa Tecla, en El Salvador y también en Costa Rica, los escenarios de esta singladura vuestra y nuestra. 

Desde aquí voy hacer que suene el bígaro, la caracola que los antiguos cántabros usaban como instrumento ritual, deseando que la gravedad de su sonido os lleve mi mensaje de paz, de unidad y de apoyo a este proyecto común que es la Red Internacional de Escritores por la Tierra. 

Salud y libertad.  

Fdo: Juan Carlos Ruiz  Juan Carlos Ruiz es periodista y escritor. Miembro, Co-fundador y Responsable de Comunicación de la Red Internacional de Escritores por la Tierra. Coordinador del Comité Técnico Asesor del Primer Encuentro de Escritores por la Tierra y autor entre otros del libro-memoria “Génesis del Manifiesto de Solentiname” y “Mujeres al natural” 30 diálogos sin aditivos ni conservantes. Publicación esta en la que 30 mujeres de diversos ámbitos, españolas y latinoamericanas, conocidas por el gran publico y anónimas en otros casos, hablan abiertamente sobre los retos que nos plantea este planeta. Medio ambiente, cooperación y derechos humanos bajo una perspectiva de género en un trabajo que, tras su publicación en 2004, resultó finalista del Premio Panda de Comunicación Ambiental, convocado por WWF-Adena. 

Anuncios