Me hubiera gustado inaugurar este espacio, que tan amablemente me ceden, con una afirmación más halagüeña, pero la realidad es esa: Europa no se salva de la manida crisis del petróleo; el viejo continente sufre las consecuencias de la dependencia de la gallina de los huevos de oro negro. Aquí, hoy se revaloriza el euro y mañana nos sorprende la quiebra de empresas y el desempleo. Una tendencia, dicen los expertos en economía –y también el Gobierno de España- que aún se prolongará hasta finales de 2009. Y mientras, no hace muchos días, Madrid acogía el foro de la industria petrolera mundial, como si no pasara nada. Semejante capítulo entra en clara contradicción con la idea de esta España verde y la defensa de los valores del desarrollo sostenible que muchos nos empeñamos en defender. Pero “Spain is different”.

Nada tienen que ver este país y la Unión Europea con la imagen externa que se vende. Aquí no es oro todo lo que reluce, que nadie se lleve a engaños. Esta reflexión me la trasladan, a menudo, algunos amigos inmigrantes llegados de países de Latinoamérica, África y Asia. Sí, probablemente se viva mejor en Europa, pero ¿a costa de qué? Esa es la madre del cordero.

El flujo migratorio de ciudadanos, como consecuencia de conflictos bélicos, pobreza, falta de expectativas de vida y tantas otras vicisitudes, ha creado resistencias en los países de acogida, aunque es evidente que no podemos generalizar, no sería justo. Pero ser inmigrante en muchos lugares es una situación incómoda. Ahora se lleva mucho la frase “es que vienen a quitarnos el trabajo”. Falso, completamente falso, pues los inmigrantes que llegan, por ejemplo a España, se enfrentan a puestos que no quieren los propios españoles. Pero muchos españolitos de a pie olvidan que sus padres y abuelos un día tuvieron que huir al exilio y se refugiaron en Alemania, Francia…y en muchos países de Latinoamérica. Y los que regresaron, tras la Guerra Civil Española y la dictadura del General Franco, llegaron con los bolsillos llenos, y si no llenos, sí aliviados. Luego tan mal no debió irles. De modo que esta doble moral es muy frecuente no sólo en este querido país mío, sino en buena parte de Europa.

Deseo que estas líneas que me dispongo a compartir con todos ustedes de ahora en adelante sirvan para desentrañar las bonanzas y paradojas de este otro lado del charco. Comprendo y entiendo que este panorama que describo pueda resultar, en ciertos casos, desesperanzador. Pero el que advierte no es traidor. Si no sintiera vergüenza ajena por lo que muchas veces tengo que ver en las calles, en el bus o en el metro de nuestras ciudades, no hablaría de esta manera. Pero esa es la verdad. Me entristece que lo que podría ser una apuesta firme por la interculturalidad muchas veces se vaya al traste por la falta de respeto y educación de unos pocos que “no se consideran racistas” y por la falta de acción de quienes deberían dar ejemplo. Y entiendo que, al final, no deja de ser un problema educativo en una vorágine globalizadota donde puede más el tiene que el da lo poco que tiene, aunque sólo sea un trocito de amistad y de amor fraterno. He dicho…

Autor: Juan Carlos Ruiz

Publicación: revista Macuá de Nicaragua

Sección: “Conexión Europa”

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