Ayer participé en la II Jornada Periodismo y Cooperación “La importancia de la información en los escenarios de la cooperación” que tuvo lugar en el Palacio de la Magdalena de Santander, organizada por el Ayuntamiento, el Centro Municipal de Inmigración y Cooperación al Desarrollo y la Asociación de la Prensa de Cantabria.

A continuación reproduzco el contenido íntegro de la ponencia que ofrecí compartiendo la mesa redonda “Medios de Comunicación: distorsión o realidad” con Hugo Lebaniegos (Onda Cero Radio Cantabria) y Esther de la Rosa (Área de Comunicación de la Plataforma 2015 y Más).

Ponencia

Este es un foro que plantea una disyuntiva “Medios de comunicación: distorsión o realidad” a la que nos enfrentamos, a diario, los que ejercemos nuestro trabajo en prensa, radio, tv e internet –aunque parezca que no- y los que, como receptores del mensaje, los ciudadanos y ciudadanas, que creo tienen más motivos aún para cuestionarse según que aspectos relativos al tratamiento de la información porque al fin y al cabo son los consumidores directos de nuestra labor.

Para intentar estructurar de una forma lo más clara posible esta exposición, me gustaría desgranar las luces, sombras y retos que nos plantea la comunicación en términos generales, con algunas puntualizaciones que van a ayudarnos a comprender cuál debería ser la senda a seguir de cara al futuro, en aras de mejorar un panorama que nos afecta de forma directa a los profesionales del periodismo.

En mi humilde opinión, los medios siguen representando una de las mejores herramientas para la educación en valores de la sociedad, la transmisión de la cultura global y la información. Les aseguro que entre los periodistas existe una tremenda preocupación por mantener este modelo y que, día a día, se lucha a brazo partido por despejar los obstáculos a los que nos enfrentamos en el ejercicio de nuestra profesión.

Sin ir más lejos, en septiembre de este año, el Archivo Real y General de Navarra, acogía la reunión de la Junta Directiva de la Fape, la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, que tras examinar el estado de la profesión, aprobaba un documento, la “Declaración de Pamplona”, que no he querido pasar por alto, porque me parece importantísimo, pues se trata de la radiografía del status quo del periodismo en este país. Y me gustaría destacar algunos de los puntos que se abordan y que contribuyen a aclarar por qué en determinadas ocasiones los ciudadanos y ciudadanas nos cuestionamos si asistimos a la distorsión o la realidad cuando se abordan según qué informaciones:

Hay un hecho claro. Y es que la prensa tal como la conocemos se está acabando y los medios necesitan transformarse para sobrevivir, invirtiendo en innovación y en formación. Las plataformas digitales ocupan un papel importante, y creciente, en el sector, al mismo tiempo que reducen la audiencia de los medios tradicionales, sobre todo entre los jóvenes.

Internet abre una ventana de negocio y de empleo. Cambia el modelo y modifica el perfil del periodista, que necesita una completa formación en nuevas tecnologías y nuevos soportes para aprovechar las oportunidades de trabajo que ofrece la Red.

Es importante también que aquellos editores que en el pasado solo buscaron las rentabilidades desmesuradas, erosionando la credibilidad de los medios y su capacidad para invertir en innovación y formación, hayan comprendido que el periodismo de calidad es un buen negocio y, sin duda, un factor determinante en la recuperación del prestigio perdido.

Después, ese nuevo escenario digital que se abre no es sinónimo de mayor calidad informativa. En Internet, hay buena información, sí, pero también mucha que se basa en el rumor y la difamación.

El exceso de información puede convertirse en otro problema para acceder al conocimiento, ya que buena parte de esa información carece del rigor y la veracidad exigibles, por lo que acaba siendo sólo ruido.

Decía un día la compañera Rosa María Calaf que “el periodismo ciudadano –tan de moda en blogs, redes sociales, podcasting, en la web 2.0 en definitiva- está muy bien porque respeta la libertad de expresión, pero no es periodismo. Las noticias tienen que ser filtradas, igual que no puede existir una medicina ciudadana no debe existir un periodismo ciudadano. El periodismo es una profesión.”. Y esto es muy frecuente en Internet.

Los medios tradicionales tampoco escapan a la banalización de la información, muy acentuada en determinadas cadenas de televisión, cuyos responsables promueven programas y espacios donde las invenciones y maledicencias adquieren categoría de noticia y sus promotores se presentan a la sociedad como falsos periodistas.

En el contexto de la televisión, en concreto, terreno en el que tengo más experiencia, yo observo dos fenómenos. Por un lado, la tendencia al informativo-espectáculo.

Recuerden por un momento la catástrofe de Haití.

A lo largo de aquellos días de imágenes espeluznantes en prensa y televisión permanecimos absortos, con la garganta seca ante el dolor, sin saber qué decir, sin reparar en el circo mediático en que se ha convertido el desastre. A menudo, falta autocrítica entre los profesionales que ejercemos el periodismo. Es probable que alguien me tache de poco o nada corporativista, pero en el tratamiento informativo de hechos como los acaecidos en el país caribeño, NO TODO VALE.

No valen esos primerísimos planos del horror buscando el morbo de la agonía, no vale que menores de edad aparezcan sin el rostro pixelado, no vale la imagen de un hombre caminando por una alfombra de cadáveres, no vale una pala recogiendo muertos como si fueran parte de los escombros…no vale.

No cabe duda que, aquellos días, se atentó contra la dignidad y los derechos fundamentales de miles de ciudadanos haitianos; los fallecidos, los heridos y las familias de unos y otros.

Y yo les pregunto: ¿Se imaginan el mismo tratamiento periodístico durante los atentados contra las Torres Gemelas el 11-S o en los trenes del 11-M de Madrid? No, ¿verdad? Entre otras razones, porque en estos dos momentos tan dolorosos, grabados para siempre en nuestras retinas, desde las primeras horas se forjó un pacto de silencio entre Gobierno y medios para evitar sacar a las victimas. Se optó por imágenes genéricas, la menor cantidad de sangre posible, porque claro… podía impactar a la sociedad, tan perpleja por lo ocurrido, como en Haití. O si me apuran, en este caso más perpleja todavía por las dimensiones del desastre y la cantidad de víctimas mortales.

No creo que unos muertos sean más importantes que otros. Todos son muertos y todos merecen el respeto de la mayoría. Y éste ha brillado por su ausencia.

Por otro lado, vemos continuamente auténticos números de circo en torno a una noticia que en condiciones normales no tendría más trascendencia que ocupar un tercer o cuarto lugar en el orden de la escaleta, siendo generosos.

Yo entiendo que el fútbol genera mucho dinero y es muy interesante, pero a mí, aparte de que me aburre, me exaspera que se abra un informativo con una conexión de fútbol, por ejemplo.

Otro caso: no hay noticia para abrir. Esto sobretodo pasa en verano… ¿Dónde ha habido un accidente de tráfico con tres muertos, toda la familia o colisión en cadena de 20 vehículos? ¿En Cuenca? Pues abrimos desde Cuenca, con una noticia que además no tiene recorrido. Ocurrió el accidente y punto. ¿Qué vamos a pedirle impresiones o valoración de lo ocurrido al muerto? Resulta, cuanto menos, surrealista.

Y el tercer ejemplo, entre muchos que podríamos enumerar, cuando la noticia es algún personajillo del corazón o programa de la propia cadena que sirve como cebo para enganchar al televidente.

Y esto ya nos sumerge en el segundo fenómeno que se da en TV, la gran lacra, la gran montaña de basura rosa que nos intenta sepultar. Hay quien se empeña en que se ofrece lo que el público demanda. Y aquí tenemos que entonar el mea culpa, porque eso no es así. Y no se puede tratar a los espectadores como  borregos ni faltarles el respecto. La responsabilidad es de quienes dirigen las cadenas y los departamentos de producción. Si a usted le dan para comer hamburguesa cada día, pues acabará acostumbrándose a comer basura, pero si de repente un día le dan chuletón y encima está bien cocinado pues miel sobre hojuelas. De modo que si al espectador se le ofrece contenidos de calidad, puede adaptarse a otro tipo de entretenimiento. Tengamos en cuenta que antes de la irrupción de los programas del corazón la televisión ofrecía otros contenidos que además eran vistos y seguidos.

¿A dónde nos está llevando esta bofetada fétida de vísceras y mal gusto? Pues a una pérdida de valores, especialmente entre los más jóvenes. Ahora ya no está de moda ser abogado, policía, bombero, médico, profesor…no, ahora lo que mola es ser famoso. Todo por la VISA. Dinero fácil y rápido. No importa que sea en Gran Hermano, Dónde estás Corazón o Sálvame…lo importante es salir y cobrar…porque la Esteban lo hace así y mira qué bien le va…

Pero ahí está el verdadero peligro… porque una señora barriobajera, mal educada, déspota, con falsa humildad, sin ninguna imagen, que da patadas al diccionario…de repente se convierte en heroína del pueblo, a la que un sector de la población se atrevería a votar en unas elecciones… Yo pido desde este foro a los responsables de esa cadena que retiren ya a este personaje de la circulación, porque atenta contra la inteligencia colectiva.

Por tanto, son muchos frentes abiertos que no ayudan a crear un periodismo de calidad, comprometido con la verdad. Cierto es que nunca  se han poseído tantos medios y  recursos como tenemos ahora y nunca se ha estado tan desinformado. La noticia ya no es qué ocurre o qué deja de ocurrir, sino que el periodista haya llegado al lugar donde está ocurriendo.  Todos los medios responden a los mismos intereses, debemos buscar fuentes alternativas, colaborar a que la libertad de expresión siga viva y no contribuir a que todos los medios digan lo mismo. Hay que poner los medios de los que disponemos al servicio de la información para realmente ofrecer información de calidad.

Otra práctica que prolifera es el abuso sistemático de la convocatoria de ruedas de prensa sin preguntas y de  las declaraciones enlatadas que hurtan el debate. Las informaciones llegan teledirigidas, perfectamente embaladas, condición aceptada por los editores responsables de la información, como también relata esa Declaración de Pamplona de la que les hablaba al principio, y que recuerda a aquellos políticos que recurren a esta práctica precocinada, que su pretensión de empobrecer el ejercicio del periodismo debilita la democracia y el diálogo con los electores.

También se ha instado a los magistrados, y me parece muy correcto, porque es otro palo en el camino para poder ejercer libremente el periodismo, a que respeten el derecho de los periodistas a la protección de sus fuentes informativas, según lo que establece la ley.  Y al Gobierno a que cumpla la promesa de promover una ley de transparencia y de acceso a la información pública, cuyo primer borrador de anteproyecto no satisfizo a la profesión periodística.

Y podríamos ir más allá, nuestro sector atraviesa la crisis más grave de su historia, plasmada en una elevada pérdida de empleo, que ha afectado en los últimos dos años a más de 3.400 profesionales, según los datos del Observatorio de la Crisis, que dirige la FAPE.

El empleo es cada vez más precario. Crece la utilización de becarios para ocupar puestos estructura y de estudiantes en prácticas sin remuneración. Así es imposible dar calidad.

Por ello se están haciendo grandes esfuerzos para defender ese ejercicio de la calidad, basado en la disciplina de la verificación, la independencia, la clara separación entre opinión e información, la objetividad y la búsqueda permanente de la verdad.

Y para finalizar, frente a lo malo, lo bueno y la voluntad por cambiar las cosas para romper con nuestro dilema: distorsión o realidad, dos retos que no debemos perder de vista. Es preciso que los ciudadanos y ciudadanas del siglo XXI aprendan a ser “receptores críticos” de la comunicación. Sería interesante, ¡por qué no! Incluir una asignatura sobre la comprensión de la información en el currículo escolar, enseñar a los futuros ciudadanos y ciudadanas a interpretar correctamente la información que reciben. Es decir, hay que fomentar y promover el criterio propio.

Y por otro lado, hay que comunicar para transformar. Tomar en cuenta la ética de la comunicación para pasar de una comunicación manipulada y a favor de la mentira a una comunicación con ética personal del comunicador.

Autor: Juan Carlos Ruiz

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