La multiculturalidad está repleta de matices que sólo se hacen visibles cuando abrimos la mente a conocer aquello que nos resulta lejano y cercano al mismo tiempo. Razas, usos, costumbres, idiomas, caracteres…detrás de los que se descubre a ciudadanos y ciudadanas con los que nos tropezamos a pie de calle, en el parque del barrio, en el supermercado, en las organizaciones de base que les ofrecen acogida en nuestro páis. Personas con realidades diversas, muchas veces capaces de superar la ficción. Dejaron países, familias, se enfrentaron a riesgos, a la aventura de una nueva vida, a menudo convertida en una carrera de obstáculos. A pesar de todo y en contra de los criterios interesados, creo que nos queda mucho por aprender de ellos y ellas.

Con cierta insistencia, el egoísmo del norte, este modelo de sociedad consumista inventado por el mismo capital que nos ha llevado a esta crisis global y a esta depresión colectiva, nos empuja a competir para llegar más lejos, nos arrastra como corderitos, nos enroca en preocuparnos más de la cuenta por problemas que, analizados en esencia, a veces no son tales problemas, ni se acaba el mundo por ello.

Ver que hay personas que lo pasan peor que uno, genera una percepción más calmada de la realidad, y saberse útil y solidario con estos colectivos es un bálsamo recomendable, una lección necesaria para comprender mejor la posición del otro, el mismo trance que nuestros compatriotas tuvieron que vivir en el algún momento cuando emigraron de España a otros países de Europa o, paradójicamente, a Latinoamérica. Pero aquí olvidamos con una facilidad pasmosa…

Hace no mucho tiempo me acerqué, como voluntario, a vivir la experiencia de comprender mejor la realidad de la inmigración en nuestra comunidad autónoma, a través de la ONG Cantabria Acoge. Y ahí  he comprendido que el panorama que, en ocasiones, pintamos los periodistas en los medios es aún más delicado de lo que se ve en un minuto de noticia. Los informativos nos hablan de pateras y papeles, y es cierto, pero no se puede obviar otras necesidades que los inmigrantes han de satisfacer: aprender un idioma, asesorarse jurídicamente, buscar  empleo, resolver mil dudas sobre el funcionamiento administrativo de nuestro país, un techo bajo el que cobijarse…y un largo etcétera. En otros momentos,  una sonrisa, un café, un instante de conversación, unas notas de música sirven también para amortiguar el efecto de la llegada a un lugar desconocido, que puede tornarse hostil.

Y en ese ejercicio estaba yo, cuando una tarde con Pilar, Marta y Luisma de Cantabria Acoge empezamos a pergeñar “actividades” para compartir con estos nuevos vecinos y vecinas. Así nació el concierto recital “Creando en la Igualdad”, con motivo del Día Internacional de la Mujer, entendiendo esa Igualdad desde diversos enfoques. Durante un mes, en el “Café de los viernes” empezamos a charlar sobre la idea con músicos procedentes de Senegal, Costa de Marfil, Ecuador, Perú, Camerún y España. Su predisposición dio paso a los primeros ensayos. Y ayer, todo ese trabajo culminó en un concierto-recital poético, en el salón parroquial Consolación de Santander.

Desde estas líneas quiero dar las gracias a todos y todas los que habéis hecho posible esto. Creo que ha merecido la pena porque una vez más les hemos hecho sentirse importantes, acogidos, queridos. Eso destilaban sus miradas, sus sonrisas. A Brahima, Sabari, Charlie, Cristian, Princesa Libertad, Aldair, Lamin, Ricardo y Justo por vuestra creatividad musical. A Renata, Salomé y Silvia por su sensibilidad poética. A Pilar, Marta, Luisma, Lucía, Shaila, Isaac y otros tantos y tantas que nos acompañasteis con atención. Seguimos adelante…

Y este video para la reflexión…

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