Llegó su hora. Se colocó el arnés y comenzó a descender lentamente al fondo de la arqueta. La humedad del aire llegaba a los huesos. De pronto avistó el cruce de caminos que formaban las cloacas recién inauguradas. Quedaban apenas cinco metros para alcanzar el nivel suficiente para realizar la reparación. Pensó: ¡tenemos la mala costumbre de comer!  Un aire pestilente recorría el minúsculo cilindro.

María veía la vida pasar, en su propio universo, una casa que acumulaba inmundicias del pasado y presente.  Presa en su enfermedad y carne de olvido, por las noches, recorría las calles del barrio buscando en la basura y llevándose todo cuanto su antojo le dictaba.

El pollo cayó al inodoro, y de un puñetazo lo empujo hacia la nada. En cuestión de minutos su amarillenta piel fue adquiriendo un tono oscuro, mientras se embadurnaba con las heces que el agua arrastraba por aquel tobogán interminable. Hasta que ¡plofff…!

Se reajustó la mascarilla. Su buzo de astronauta se había teñido en marrón. Saltó, y al recobrar el equilibrio su linterna enfocó a la tubería norte. Allí, ocupando casi el total del diámetro había quedado varado ¡un pollo!. ¿Cómo había podido llegar?. Tomó el trofeo y se hizo una foto con los compañeros (para el Face).

El enigma era tan complejo como descender y escalar arquetas o vivir en el mundo de María.

Autor: Juan Carlos Ruiz Robledo (Serie Micorrelatos)

 

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