La vida, esa carrera por la supervivencia que enfrenta a los hijos de la Tierra, siembra cada momento de nuestra existencia de pruebas que nos conducen por la senda de la madurez. Pero ésta, a menudo, no es suficiente para desterrar un miedo que nos asola desde el inicio de los tiempos: la muerte. Ese temor latente que sólo aflora cuando la sentimos cerca, directa o indirectamente. Y ayer, volví a sentirla, en tu adiós, querida Rocío Avitia… amiga, madre, hermana, ser sensiblemente humano.

Los puentes que tiende Internet entre Europa y América nos unieron en amistad. Juntos compartimos una pasión común: la radio. Así coincidimos colaborando en Virtual Radio, aunque tu habías iniciado, hacía tiempo, un periplo por diversas emisoras de la red, en las que dejaste un legado literario que hoy vive en nuestros corazones. Tu voz susurrante desgranando versos, desde el intimismo que caracterizaba tus intervenciones, sigue sonando en los oídos de quienes nos cruzamos en tu camino.

“Tus palabras trazan en acuarelas
caminos que nocturnos reflejan
platinada la luz de la luna llena…
En los trazos negros te percibo
matizado en ocres que anochecen
entre el agua que se escurre.
Hueles a hierba mojada,
flores que levantan al viento
sus perfumes …sus olores
en el manantial oculto de tus ojos,
deslizado va el ayer…”

Te has ido “india” de pelo azabache y tez morena, pero nos queda el recuerdo de tu sonrisa eterna paseando por Xalapa durante el II Encuentro de Escritores por la Tierra. Te aferrabas a mi para no perderte nada, cargando con mi mochila a todas partes, siempre atenta. Querías estar a mi lado en el Honoris Causa a Eduardo Galeano y Ernesto Cardenal, incluso cuando nos vimos envueltos en la avalancha de medios cuando llegamos con Silvio Rodríguez a la Universidad Veracruzana, y me dio un ataque de risa. Lo sé…lo sé….a ti se te iluminó el rostro de emoción, porque por fin ibas a verlo a un metro de distancia.

Pero además fuiste generosa, compartiste tus pequeños secretos en hermandad. Así nos contabas con orgullo la estrecha relación de tu amado abuelo, “el cuidador de caballos”, con el mismísimo Pancho Villa. ¡Órale! Eras la sorpresa brotando por todos los poros de tu piel, sabías cómo despertarnos, cómo seducirnos…

“Porque he desparramado mis versos
en el vacío improperio de tu alma,
porque en la enredadera de tus afectos
he colgado el racimo de mis letras.
Porque creí en ti en las rosas de tus palabras,
me bañe en la tibia lluvia
de tus dedos hechos regadera,
y florecí al calor de ese solplantado en labios.
Sólo por creer en ti
surcamos los linderos
de los sueños y fuimos carne,
en esta angostura llena de distancia
donde los pasos de tan obscenos
se vuelven encantados, ¡porque creí en ti!

 

Ahora sostengo en mi mano la “moneda misteriosa” que un día encontraste en el parque de tu soñada “Chihuahua-Chihuahua-México” y que me regalaste mientras nos tomábamos aquel tequila a golpe de rancheras y mariachis, hasta despuntar el amanecer veracruzano, en el hotel donde empezamos a escribir en el aire esa novela que nunca más fue, pero que será, ten la seguridad, saldrá, la publicaré… y mientras, me pregunto una y otra vez: por qué.

Por qué tan pronto…si hace un año estabas aquí, de viaje por España, en Santander, en mi casa. Aquí te enamoraste de ese Cantábrico del que tanto te hablé y que no conocías, salvo por fotos y videos. Aún inmerso en el desconcierto de tu partida, sé que esa energía que desprendías seguirá protegiéndonos desde allá arriba, como un faro en la noche.

¡Ándele, Rocío! Te fuiste con prisa. Pero el eco de tus palabras quedará para siempre entre nosotros. Y hoy te repito aquello que acostumbrabas a decir cuando te ponías delante del micrófono, y que esta mañana recordaba nuestro amigo común, Javi: “Buenos días, buenas tardes, buenas noches, dependiendo del cielo que te cobije…”.

Te quiere, tu amigo.

Juan Carlos Ruiz. Periodista, escritor, cofundador y miembro de la Red Internacional de Escritores por la Tierra

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