La-Concha-seriebcn-2Corría el año 1999. Era septiembre. Aquel sábado había quedado con unos amigos para descubrir la noche “ravalera” de Barcelona. Siempre me dijeron que era preferible ir acompañado por la inseguridad de la zona. De modo que comenzamos a recorrer las calles del que, durante muchos años, fue conocido como el  Barrio Chino. Entre copa y copa fuimos saboreando el Barcelona canalla. En ese itinerario poblado de diversidad cultural nos tropezamos, bajo la luz de una farola, al final de La Rambla, con la Negra Flor, como diría la canción de Radio Futura. Allí estaba el icono televisivo del momento que Xavier Sardá y Cardenas habían elevado al estrellato de la telebasura: una portentosa Carmen de Mairena deambulaba por las inmediaciones de “El Cangrejo” -el escenario donde debutara la gran bailaora Carmen Amaya-  donde ahora ofrecía su espectáculo cada noche junto a otros artistas. Seguimos nuestro camino, nos cruzamos con todo tipo de fauna nocturna, jóvenes de marcha, turistas hasta las trancas de alcohol, matrimonios, parejas de  enamorados, prostitutas, travestis, chinos vendiendo bebidas por la calle y todo un conglomerado racial  que te transportaba a otro lugar y otro tiempo, ajenos a la realidad cotidiana de la ciudad. Unos pasos más allá de la puerta de “El Cangrejo”, contemplamos algo que nos llamó la atención. Era el acceso a un local que reproducía la imagen de Sara Montiel.

-Se llama “La Concha”, dijo uno de mis amigos. Si hay suerte, vamos a tener espectáculo asegurado, apostilló. Y conociéndole,  me quedé  mosqueado.

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La verdad es que nunca he sido mitómano de nadie. Y a veces me cuesta  comprender que la masa enfurecida lo sea de un artista, de un deportista o incluso de un político. Por tanto, atravesar el umbral de “La Concha” fue como una bofetada mitómana. Pero lo increíble de todo es que la protagonista de aquel antro fetichista fuera nada más y nada menos que Sara Montiel.  “Sarítisima”, como la bautizó Terenci Moix, no era algo superlativo para mi. Había escuchado a mis padres y abuelos hablar de la gran diva española que pisó Hollywood, pero nada más. No me ponía lo más mínimo, salvo que me caía en gracia. Además, me parecía una señora que, en efecto, desprendía una importante belleza física, se había puesto el mundo por montera, había cumplido su sueño de triunfar y se reía de su sombra.

“La Concha” reproducía en un espacio reducido el espíritu de Sara Montiel: fotografías, pósters, guiños a la artista manchega, y hasta un vestido que, como alguien nos dijo, fue un regalo de Sara al primer propietario del local y amigo personal, aunque nunca pude confirmar este extremo. Pero lo cierto es que aquel vestido presidía, a modo de altar, el punto más llamativo del garito. Esa atmósfera impregnada de Sara Montiel se mezclaba de nuevo con las gentes de la noche que recalaban en el local. Desde una travesti vendedora de tabacos y chocolatinas -al estilo de las viejas estanqueras- que se paseaba entre el gentío dando conversación incluso al más aburrido, a un grupo de árabes que fumaban “porros” sin parar en el rincón más profundo del lugar. ¡Dónde nos hemos metido!, pensé. Y en esas estaba yo, cuando de repente -ya eran cerca de las cinco de la madrugada- se abrió la puerta, al estilo cantina del lejano oeste, y apareció ante los presentes una señora entrada en años. Decían que era la puta más vieja del barrio. Aún era posible vislumbrar en sus ojos una belleza que había ido decayendo con el paso de los años y las “puñalás” de la vida y la calle. Fue todo muy rápido. Apenas tuve tiempo de ver su cara, y de su boca salió una frase contundente que repetía con desesperación, a gritos.

-¡¡¡Soy una mujer infiel!!!, ¡¡¡soy una mujer infiel!!!!, ¡¡¡ardo!!!!, ¡¡¡¡ardo!!!!, al tiempo que se subía sus ropas y mostraba sus generosos pechos sin pudor alguno, moviéndose a gran velocidad entre la gente, hasta que tomó asiento en la barra y se metió un whisky de dos tragos. Era un personaje de película de Almodovar perdido en El Raval barcelonés.

Y así fue como descubrí aquella noche la leyenda de Sara Montiel. No fue viendo una de sus películas, porque no he visto ninguna completa, apenas algunas secuencias, sino a través de momentos plasmados en fotografías y objetos personales que me llevaron a pensar que debió ser alguien importante para muchos, especialmente en un momento histórico para nuestro país, cuando ella se atrevió a dar “el más difícil todavía” retando a aquella España gris con su “Fumando espero”.

Descanse en paz.

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