Muchas familias se ven obligadas, cada día, a que sus mayores sean atendidos en residencias de la Tercera Edad. La ocupación laboral de todos sus miembros y el estado de salud de las personas que ingresan son dos razones a la hora de tomar esta decisión, sin olvidar que el pretexto, en muchas otras ocasiones, es la figura de la anciana o el anciano que se convierte en una carga, un estorbo para su familia, motivo de conflicto entre los integrantes del clan. De ahí que muchos mayores terminen, prácticamente, abandonados a su suerte en estos centros.

Hace unos días, vi pegado en una farola el mensaje que una familia lanzaba a los viandantes. Se arrepentían de haber llevado a su madre a una residencia de ancianos y no haber gestionado la situación en otros términos. Acusaban a la residencia de haber hecho dejación de sus funciones en el cuidado de la anciana, se quejaban de la limpieza, del trato recibido por los residentes, y que como consecuencia de ello, ésta había fallecido tras ocho meses de hospitales y médicos. E instaban en su escrito a reflexionar sobre lo que significa el ingreso de una persona mayor en una residencia.  Habían depositado toda su confianza en la dirección y los equipos que trabajan al frente del centro, porque ninguno de los hijos podía hacerse cargo de su madre. Pero amaban a su madre y les había costado mucho adoptar la decisión. Y ahora, apesadumbrados, explicaban su experiencia.

Al día siguiente de encontrar este emotivo cartel, cerca de esa residencia, vi salir a un anciano que acude a diario a los bares del barrio a tomar café. Luego fuma y pasea. Me encuentro con él todos los días y me pregunto si es normal que, en pleno invierno, con el frío de estos días, lloviendo, a primera hora de la mañana (8:30) un anciano salga a la calle en zapatillas, pantalón, camisa y jersey. Sin un abrigo, sin una cazadora… y que le veas aterido de frío caminando despacio con una taza en la mano y con la camisa por fuera del pantalón, o con los zapatos cambiados de pie, o que aprecies que está descuidado en lo que al aseo se refiere. Llego a la conclusión de que es posible que algo esté fallando en ese centro, y descubro que en el barrio hay vecinos que, entre dientes, afirman que los ancianos, muy cuidados no están. Y además, en los últimos años, vienen siendo frecuentes los casos denunciados en los medios de comunicación y los juzgados. Me pregunto si estará ocurriendo lo mismo en otros lugares a la vez.

Por ello, sería interesante que la Administración incrementara el número de inspecciones, realizara un informe auditado por organizaciones de mayores, lo más detallado posible, a escala estatal, que ponga de relieve la calidad de vida de nuestros mayores en las residencias de la Tercera Edad, que comunique cuál es el estado de salud de estos centros, que se investigue las irregularidades que puedan estar dándose, si los centros cuentan con todos los requisitos para su funcionamiento o si el personal laboral está cualificado o no para realizar las tareas encomendadas.

En 2015, el Equipo Envejecimiento en red. Departamento de Población. Instituto de Economía, Geografía y Demografía. CSIC publicó el informe Estadísticas sobre residencias: distribución de centros y plazas residenciales por provincia.  donde se recoge el número de centros en nuestro país. Pero falta por completar esta tarea con la radiografía del sector de las residencias de mayores en lo que afecta a los estándares de calidad en la atención.

Una última reflexión: la Defensora del Pueblo o en su defecto los Defensores del Mayor de nuestro país deberían analizar todos estos aspectos para evitar, en el tiempo, capítulos en la desatención que estarían sufriendo los mayores en determinados centros y sanear así la imagen de las residencias de la Tercera Edad que sí realizan su trabajo con profesionalidad y seriedad, y que se ven salpicadas por la mala praxis de otras.

Juan Carlos Ruiz

Enlace relacionado: 

Requisitos, derechos, deberes, etc…a la hora de ingresar a un familiar en un centro asistencial. 

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