El sol de las tres de la tarde es fuego, pero, afortunadamente, Eólo brinda una suave brisa que alivia la sofocante canícula de julio en Las Villuercas.  Entre los ríos Tajo y Guadina, al sureste de Cáceres, se esconde una comarca montañosa donde crecen bosques de castaños, robles, encinas o alcornoques. Una reserva biológica donde campan ciervos, jabalíes, cabras o linces, en menor número. Un lugar de residencia y parada para las aves migratorias. ¡Vamos…!, el rincón que seduciría a cualquier alma enamorada hasta el tuétano de la naturaleza y esos instantes de aparentes silencios  rotos por el trino-relincho de un pito real (pájaro carpintero) o quizás una orquesta de criaturas aladas.

En el horizonte, extensiones de tierras despobladas de humanidad, sin casas o tendidos eléctricos, hacen más genuina, salvaje, verde y emboscada esta  latitud.

Al bajar del coche, a lo lejos, contemplo a Ibor, un mastin de pasos lentos y pesados que se acerca hasta llegar a la era que preside la entrada a la casa de piedra y madera. Tras él, camina el hombre emboscado que saluda y nos invita a entrar en su refugio.

Ya es la hora de la comida. Mientras degustamos, a la sombra de una generosa parra, cerezas, cecina, quesos de Extremadura y León, ¡agua de manantial!,  horchata y otros refrigerios, Ibor merodea, sin éxito, en busca de alguna corteza de queso o migajas de pan.

Ibor tiene nombre de montaña, es adorable, bueno, cariñoso, peludo, juguetón… y un adicto a las caricias y los masajes con los pies. ¡Y por supuesto, le encanta el queso!.

Ibor es un hijo del bosque, porque vive con el hombre emboscado que se ha convertido en su mejor amigo. Leal sigue sus movimientos. Para no aburrirse pasea, se tumba perezoso o simpatiza con el visitante.

Como excelente anfitrión, el hombre emboscado, nos sorprende, entre conversación y conversación, cuál mago a su público, con curiosos rituales de observación del paisaje, visita a los huertos, las dos yeguas, los gansos y las gallinas asturianas,  la alberca, la laguna, la biblioteca y la mesa escritorio de trabajo. En el jardín, una hilera de letras en diversos tipos de mineral forman el nombre del hombre emboscado que, en realidad, es el naturalista y escritor Joaquín Araújo.

IMG-20170717-WA0092
María José Parejo entrevista a Joaquín Araújo en su biblioteca

Con orgullo nos muestra, rincón a rincón, esta especie de Edén. Tras sus gafas de profesor, una mirada profunda- permanente observadora-, un tono pausado y conmovido al hablar, un lenguaje sencillo y poético nos llevan a descubrir a un hombre que, desde su rebelde etapa universitaria, su activismo ecologista y su paulatina conversión en naturalista y divulgador, vive subyugado por el campo, el entorno rural y el bosque. Y aquí, en su bosque, recuerdo a Henry. D. Thoreau, (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817-6 de mayo de 1862), ahora que se conmemoran los 200 años de su nacimiento. El trascendentalista y padre de la ecología que vivió veintiséis meses en una cabaña de trece metros cuadrados, junto a la laguna Walden, de la que tomó el nombre para una de sus obras más aclamadas. Y establezco un paralelismo inmediato con la historia de Joaquín Araújo. Y sé que no soy el único que ha reflexionado sobre la similitud de estas dos vidas, con algunas diferencias: el hombre emboscado vive hace casi 40 años, semiaislado en las montañas, de donde sólo sale para impartir conferencias o colaborar en medios de comunicación. El resto del tiempo trascurre en la casa de piedra y madera, escribiendo, leyendo, informándose, labrando el huerto y cuidando de sus animales y árboles, las cuatro estaciones del año.

Joaquín Araújo pelando ajos para la paella, un plato que prepara con gran acierto

Al fondo de la pérgola, Ibor me mira cómplice…y, en esos tres segundos que tarda en pedirme caricias y abrazos con su pata, reconozco la generosidad de Joaquín por todo lo que nos enseña, día a día, sobre la biodiversidad, y por la educación en valores que atesora su extensa obra divulgativa, narrativa y poética. Y me digo: ¡sí, es él ! ¡es el Thoreau español!. Pero con una segunda diferencia, nuestro hombre emboscado ha plantado ¡25.000 árboles!, ha desarrollado una obra literaria de más de 100 títulos  y una trayectoria en el campo de la divulgación de la naturaleza que ha plasmado en documentales y programas de radio y televisión.

DE PEQUEÑO QUERÍA SER CAMPESINO

Con independencia de la época histórica de que hablamos y, sin restar mérito a Thoreau, es momento de reivindicar a nuestro hombre emboscado. Sus conquistas son ejemplo para todos y todas. ¿Os imagináis una gigantesca comunidad de hombres y mujeres emboscados por un modelo de desarrollo sostenible real del planeta? Tenemos claras evidencias de que sí es posible, pero se necesitan  más hombres y mujeres emboscados que abanderen nuevas acciones, que lleven el mensaje que Joaquín Araújo, el “campesino que ya quería ser campesino de niño”, defiende hace décadas, con el convencimiento que sólo da la experiencia de vivir y sentir el bosque, conocer a sus habitantes y establecer un diálogo permanente con el medio para procurar comprender su mecanismo de funcionamiento, sus necesidades y los peligros que acechan, como punto de partida en la búsqueda de alternativas de vida que Gaia, la madre tierra, reclama con urgencia.

IMG_20170715_181535
70 kilómetros hasta el horizonte sin habitantes, casas o tendidos eléctricos

¡Qué fresquita está el agua de las albercas extremeñas!, pensé. Después de un buen chapuzón, retomamos la senda por el bosque del hombre emboscado, atalantados-como él acostumbra a decir-, en calma… disfrutando de una delicada amalgama arbórea y aromática. Había llegado el momento del último y más emotivo ritual que Joaquín tenía preparado. Alcanzamos un pequeño claro de monte, y hallamos un banco y un árbol. En aquella suerte de santuario sagrado, bajo su árbol, en compañía de la “Comunidad del Bosque” del programa “El Bosque Habitado” de Radio 3 RNE, sonaron los  versos de un poema.

Elijo elegir

Y elijo la condición del árbol.
Porque come luz.
¡Qué delicia desayunar transparencia,
almorzar lucidez
cenar ocasos anaranjados

Y con ellos construir el verdor
y  la sombra
y la rara nube que es toda copa
donde se esconde el canto
de los pájaros.

Ahora no puedo.
Pero cuando lo deje,
Seré lo que he elegido.

Extraído del libro manuscrito “Árbol” de Joaquín Araújo, con prólogo de José Antonio Marina.

Y de nuevo el silencio. Otro remanso de paz invade el aire, estremeciéndonos de pura emoción ante el espectáculo de un cielo rojizo sobre el que se recorta la sombra de una bandada de abejarucos. Y con la parsimonia con que transcurren los largos días de verano, cae la noche en Las Villuercas. Es entonces cuando Ibor y el hombre emboscado vuelven a recordarnos lo diminutos que somos en este inmenso firmamento. Meras partículas tozudas enfrentadas a la naturaleza, sin acabar de comprender que, en esa lucha entre David y Goliat, tenemos todas las de perder, si no cedemos. Pero aún estamos a tiempo de construir un nuevo futuro. Y pienso que merecerá la pena, ¡seguro!. Al fin y al cabo, somos  humus, somos bosque, somos comunidad.

¡Pongámonos manos a la obra!

¡Arriba las ramas!

Anuncios