Oscuro callejón de mi infancia,
donde la pena transmutaba en alegría,
hoy te siento lejano, pero no olvidado.
Tardes de invierno,
lluvia, viento del nordeste,
temporal deshecho,
en la cocina, al calor de la lumbre.
Pasaba lento el tiempo,
recostado en la mesa tallada por mi abuelo Pedro,
embriagándome del aroma a claveles y clavelinas.
Y de rodillas, en la silla,
fascinado con el tintineo de las gotas de agua azotando los cristales.
Y al otro lado de la ventana,
los gatos del patio que maullaban hambrientos,
al resguardo de las plantas,
o cobijados entre bidones de anchoa en salazón.
Y dentro,
el trino de los canarios en primavera,
los polluelos saliendo del cascarón,
mi abuela cosiendo calcetines con una bombilla como bastidor,
o preparando el “compaño” para mi tío Tonio
que marchaba a la mar.
Y mi abuelo limpiando pescado,
y yo olfateando la alacena blanca con mandarinas y queso fresco decorado con hierbas
que vendía La Pasiega, aquella mujer menuda
que bajaba del monte en bicicleta.
Oscuro callejón de mi infancia,
donde construía castillos de madera,
en el escalón de aquella puerta con mil capas de pintura:
azul, verde…
hoy te siento lejano, pero no olvidado.
El viejo taller de barcos,
la chatarrería de Pachi,
el loro parlanchín de Angelita,
los cacahuetes del bar La Amistad,
el papel de estraza,
los caramelos de Mentolín…
Y Trapote, con su carro y su caballo.
Aquel hombre robusto de voz bronca,
que recogía las sobras de comida y el pan duro, de casa en casa,
y del que me escondía temeroso tras las faldas de mi abuela,
o debajo de la cama, mientras él me decía con cariño:
¡ven hijo, no tengas miedo!
Oscuro callejón de mi infancia,
hoy te siento lejano, pero no olvidado,
aunque sigo sin saber, ni falta que me hace
por qué te llamaron calle del Desengaño.

Juan Carlos Ruiz

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